El mal de nuestros días es, precisamente ése, vivimos con el tiempo contado y queremos hacer de un día... una eternidad. Al final, terminamos explotados de cansancio y eso mismo hace, que poco a poco, el cansancio se vaya apoderando de nuestros cuerpos, hasta que el organismo rechaza tanto esfuerzo y dice "¡basta!". Es ahí, que nos enfermamos y entonces el tiempo que teníamos justo para otras cosas, tenemos que utilizarlo en la recuperación. En el peor de los casos, seguimos trabajando enfermos a un paso muy lento, pues nuestro cuerpo nos obliga a ello, hasta que no aguantamos más.
Es entonces que el trabajo se atrasa. Recordemos que el trabajo se queda, nosotros somos los que nos vamos y siempre habrá alguien que podrá realizarlo, mientras nosotros fuimos esclavos del mismo. ¡Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar! Las tensiones van acumulándose lentamente en nosotros y cuando cerramos y abrimos los ojos al mundo, la vida se nos ha ido en nada.
Hay tiempo para todo... "para trabajar, para compartir, para disfrutar". Debemos aprender a canalizar nuestras energías, en base a cierto horario, dejando tiempo para nosotros mismos; si no lo hacemos ahora, ese mismo tiempo puede
volcarse hacia nosotros y envolvernos entre sus garras...devorando nuestra esencia, nuestro propio ser.
Acomodemos nuestra vida, de tal forma, que no perdamos lo esencial de ella; que algún día no nos arrepintamos de lo que pudimos haber dejado de hacer, por disfrutar un poco más de nosotros mismos.
Recordemos, que si el día tiene 24 horas, debemos vivir en base a ello y no querer hacer más de lo que humanamente podemos. Dejemos que el tiempo se robe el propio tiempo...y no, que el tiempo se robe nuestra vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario